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A
mediados de 1999, caí en las garras de una de las enfermedades más temidas
por los escritores: aquel bloqueo que impide la conformación de sílabas
lo suficientemente coherentes como para apaciguar al censor interior. No
podía escribir. En lugar de desesperarme opté por conseguir unas acuarelas
y jugar un rato.
En fin, era un diversión
en el camino para calmar mi angustia existencial.
Establecí reglas claras,
por si acaso mi censor podía descifrar colores y no sólo imágenes impresas
en blanco y negro. Primero, como no sabía pintar ni dibujar –pues mi experiencia
se limitaba a jeroglíficos adornando los márgenes de mis cuadernos escolares
y a un curso de dibujo artístico con énfasis en los cubos—, tampoco podía
hacerlo mal. La segunda regla era terminar lo que hacía aunque me pareciera
horrible. Pronto descubrí que en la mitad del parto, a veces son muy feos
los hijos.
Con mi razonamiento tramposo
bajo el brazo, me maravillé de la belleza que ofrecía un lienzo en blanco
– un límite preestablecido. Sólo faltaba averiguar como transformarlo.
Inicialmente apenas se me ocurría trazar capas de color, cualquier figura
geométrica, con tal de que se unieran al final del ejercicio. De allí
nació un rostro bautizado “mujer cebolla”.
Continué mi indagatoria
en el color en lugar de intentar recuperar la palabra perdida. Había una
inquietud que debía aclarar. Por azar tenía una colección diversa de cajas
y cofres, del Perú y de Polonia, de madera y de lata. Y noté que incluso
las más hermosas carecían de algo: no tenían nada adentro. Eran como un
cuento incompleto.
Así que me armé de vinilos
y de cajitas de madera. Pero necesitaba una idea. Quizá un cuento para
contar construido de cuadrados y rectángulos, con sus puertas y ventanas.
Pronto entendí que las casitas necesitaban habitantes, y aparecieron personitas
de vinilo negro. Y pensé que requerían un motivo. Y dada la crudeza de
la realidad del país, sólo cabía uno: los modos de disfrutar la vida en
Colombia. Próximamente aparecieron la bicicleta, el campo de fútbol, los
mariachis montados a caballo, los guitarristas, los amantes y, por supuesto,
los gatos.
Hablando de gatos, luego
de tantas cajitas conteniendo ideas sobre como disfrutar la vida en Colombia
y uno que otro lienzo complementario, comencé a estudiar cerámica y a
experimentar con pasteles. Cada vez que moldeaba un gato de barro, aparecía
una gata con su cría, que requería ayuda, a veces una labor de rescate.
Cada vez que esbozaba un rostro con orejas puntiagudas y bigotes, aparecían
aún más gatos. Y teniendo en cuenta que los gatos se reproducen casi tanto
como los conejos, ahora estoy experimentando con flores y acrílicos.
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Estudios Latinoamericanos. University of Texas at Austin, Estados Unidos,
1983-87.
-
Ciclo de Literatura. Universidad de los Andes, Bogotá. 1995-96/1998-99.
-
Dibujo Artístico Nivel I. Academia de Artes Guerrero, Bogotá, 1995.
-
Clase de cerámica. Taller de Silvia Pinto, Bogotá, 2002.
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La Duda Metódica, en co-autoría con Maín Suaza Vargas (Bogotá:
Ediciones El Malentendido y Banco de Ideas Publicitarias Ltda., Octubre
2000).
-
“Sin Fin”, Diario La República, Bogotá, 31 enero 1999.
- “Derechos
Humanos en Colombia. Los Retos de los Noventa” en Derechos humanos,
democracia y desarrollo en América Latina, en co-autoría con Gustavo
Gallón Giraldo y Rodrigo Uprimny Yepes (Bogotá: Novib, noviembre 1993).
- “All the Minister´s
Men. Paramilitary Activity in Peru” en Vigilantism and the State in
Modern Latin America. Essays on Extralegal Violence, Ed. Martha K.
Huggins (Westport: Praeger Publishers, 1991).
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Nacimiento
en la Pequeña Compañía de María, de Buenos Aires, Argentina.
Unico
hueso roto en Nueva Jersey, Estados Unidos, cayendo del rodadero.
Primer
dolor del corazón, el 11 de septiembre de 1973, en Santiago, Chile.
Primera
expedición antropológica en 1978, Machu Picchu, Perú.
Primer
encuentro con el racismo, noveno grado, Miami, Estados Unidos.
Primer
gran esfuerzo para cambiar el mundo, Austin, Estados Unidos, mediados
de los 80, junto con los mejicanos, iraníes, palestinos, franceses, panameños
y demás estudiantes universitarios de mechas largas, hierba buena y mucho
baile.
Primer
encuentro con la burocracia mundial, Washington, Estados Unidos, 1987-88.
El
reencuentro con la cultura y la lucha por los derechos humanos, Lima,
Perú, 1988-90.
Hogar
desde entonces, Bogotá, Colombia, 2600 metros más cerca de la ciclovía
y más lejos del mar.
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